“Como el gran Ernst Lubitsch, Anderson ha aprendido a comprimir una cantidad máxima de información en un mínimo de tiempo. Personajes enteros se esbozan con un gesto, un acento, el detalle de un traje. Cuando en la escena culminante la cámara explora una fila de espectadores de la nueva obra teatral de Max, tenemos la sensación de que los conocemos a todos, aunque algunos aparezcan por primera vez. Pero la técnica sólo puede explicar hasta un cierto punto el efecto de una película tan intrincada y vívida como ésta, a un tiempo sobria y excéntrica, con su amor por los grandes gestos y su respeto por las más leves fluctuaciones de la emoción, su tristeza subyacente y su gran explosión de esperanza.”(Dave Kehr)
“El tercer largometraje de Wes Anderson propone un juego culto y distanciado que funciona como falsa pista para enmascarar su naturaleza emocional y su carácter de íntima autoafirmación... Los Tenenbaum, malogradas promesas en tensa negociación familiar con el pater familias que les jodió la vida, podrían ser el retrato triple del propio Anderson y también una metáfora estética de ese pasado cultural esplendoroso frente al que todo artista debe afirmar su identidad.”(Jordi Costa)
La pasada noche arrancó una nueva edición del Festival Internacional de Cine de Gijón y lo hizo manteniendo las constantes habituales de estas ocasiones, tanto las positivas como, sobre todo, las negativas. Con las entradas agotadas casi desde el momento en que se pusieron a la venta, con la excesivamente restrictiva limitación a dos por persona, y con la presencia sobre el escenario del James Taylor Quartet, a las 20:30 horas se alzó el telón del Teatro Jovellanos. Después de la un tanto cansina intro musical, apareció el maestro de ceremonias, Javier Veiga, quien poco a poco iría desgranando su repertorio acartonado, seguramente muy apropiado para una fiesta de prau pero no tanto para un festival de cine que hace orgullo de su undergroundismo gafapasto y alternativo.
Javier Veiga sobre el escenario del Teatro Jovellanos
Con una línea cómica a medio camino entre el más puro Arévalo y Matrimoniadas, el gallego se fue creciendo según veía que el público asistente se lo pasaba bien con sus gracias, igual que se lo pasa bien el público que acude a esas fiestas en las que se tira a una cabra de un campanario o se prende fuego a las astas de un toro. El Teatro Jovellanos coreó servil las ocurrencias del inefable presentador y siguió disfrutando cuando éste dio paso a dos de los miembros del Jurado Internacional, Roser Aguilar y Hal Hartley.
El realizador norteamericano fue objeto también de la ironía y el humor de alta graduación de Javier Veiga. Si poco antes había contado un chiste de tartajas, quizá como un homenaje a su maestro en esto del humor inteligente, en ese momento consideró oportuno hacer mofa de la filmografía del director de Henry Fool. Obviamente, ni Veiga ni el público de ayer del Jovellanos tienen la más remota idea de quién es Hal Hartley pero si el Festival le dedicó hace cuatro años una retrospectiva y en esta edición lo eligió como presidente del Jurado supongo que no sería únicamente porque su nombre parezca sacado de una actuación de Chiquito de la Calzada, gracia de NIVELÓN que, por supuesto, no dejó escapar el que fuera presentador de El club de la comedia.
Hal Hartley, ajeno a los chascarrillos del presentador
Veiga, que además de graciosete profesional también es director de cortometrajes, comparte la cosa polifacética y multidisciplinar con Fernando Fernán Gómez, que en paz descanse, y a quien el gallego quiso recordar en tan oportuno momento. Pero lo hizo a su manera, claro, y centrándose en esa expresión que tanta fama le dio en el final de su vida: ¡A LA MIERDA! Ahí exactamente era donde quizá debieran mandar a Veiga y donde indudablemente debieran mandar a la multitud de infraseres que abandonaron el entresuelo finalizada la presentación para regresar cuando ya se había iniciado la proyección del cortometraje Hotel Chevalier de Wes Anderson.
Probablemente la organización del Festival no tiene la culpa de que exista un problema grave de falta de educación del público asistente pero lo que sí se le debe exigir es que cumpla aquello que promete, es decir: "Por respeto al resto de los espectadores, no se permitirá la entrada una vez comenzada la sesión". No es ya que estuviera empezada la sesión cuando auténticas ríadas de personas seguían aún buscando su sitio en la oscuridad, es que incluso había finalizado el corto (del que resulta imposible hacer ninguna valoración, dadas las circunstancias en que se proyectó, incluida la ausencia de subtítulos durante los primeros diálogos) y empezado el largo y la gente seguía entrando de forma incesante. Un aspecto bochornoso que la organización haría bien en corregir para posteriores ediciones.
Una imagen de The Darjeeling Limited
Pese a lo difícil que resultaba abstraerse de ese ambiente altamente desaconsejable para ver una película, The Darjeeling Limited resultó un agradable trabajo del firmante de The Royal Tenenbaums. Sin llegar a las cotas de maestría de esta última, aunque bastante superior al irregular desvarío anterior de Life Aquatic, Anderson reincide en su típico retrato de familias desestructuras y estrafalarias con el que ha labrado el grueso de su aún corta filmografía. Jason Schwartzman, Adrien Brody y el imprescindible Owen Wilson interpretan a tres hermanos que se embarcan en un viaje a la India, al encuentro de su madre (Anjelica Huston), para tratar de recuperar sus lazos familiares. Por el camino las cosas entre ellos se tuercen unas cuantas veces y se enderezan otras tantas en busca de ese final catártico marca de la casa.
The Darjeeling Limited, filme altamente apropiado para la inauguración, se encuadra en la Sección Oficial a concurso, donde podremos encontrar también los siguientes títulos: