
C'mon c'mon, de Mike Mills. Albar. Inauguración.
Con una hora de adelanto sobre el horario que venía siendo habitual en los últimos años, ayer se celebró el acto inaugural de esta nueva edición del Festival Internacional de Cine de Gijón. Decimos acto y no gala porque así se indicaba en el programa y así transcurrió la ceremonia, como un acto funcionarial despojado de casi toda consideración festiva, signo inequívoco de que aún seguimos en pandemia y que recuperar la presencialidad ya es motivo suficiente de alegria. Y decimos casi porque la presencia sobre las tablas del Jovellanos de Pepe Colubi oficiando como maestro de ceremonias era garantía segura de algún chiste irreverente.

Pele Colubi y Sonia Avellaneda, presentadores del acto inaugural del #59FICX
Pero incluso el autor de California 83, Chorromoco 91 y Dispersión, en tándem con la periodista Sonia Avellaneda, parecía sujeto de pies y manos ante un guion sobrio y austero que se limitó a presentar a la realizadora francesa Sandrine Veysset, protagonista de uno de los focos de esta edición del certamen gijonés; a hacer desfilar sobre el escenario a los representantes de los muchos jurados de las muchas secciones competitivas que componen el FICX y a entregar el II Premio Isaac del Rivero al veterano Gonzalo Suárez, que en línea con todo lo anterior agradeció el galardón con un discurso breve y sin grandes alardes. El pianista Julián Maeso abrió y cerró la velada con sendas interpretaciones musicales.
La película encargada de inaugurar el festival fue la producción estadounidense C'mon C'mon, que en su distribución española llevará el prescindible añadido de "Siempre adelante", y que está dirigida por Mike Mills. Mills participó en la Sección Oficial del FICX 2005 con su primer largometraje, Thumbsucker, que vi entonces desde el entresuelo del Teatro Jovellanos y del que recuerdo absolutamente nada, salvo que en él aparecían Tilda Swinton y un niño que se chupaba el dedo, como anticipaba certeramente el título.

C'mon C'mon es también la primera película rodada por Joaquin Phoenix tras ganar el Oscar por Joker y lo cierto es que prometía mucho. Y digo prometía porque, aun siendo una cinta más que notable, quizá el siempre peligroso exceso de expectativas me ha impedido disfrutar tanto como esperaba. A pesar del gran trabajo interpreativo de su insólita pareja progonista (el propio Phoenix y el niño Woody Norman) o de sus precisas y preciosas intenciones, pocas veces he llegado a entrar realmente en la historia y por el contrario sí se me ha hecho un pelín cargante y repetitiva su incesante verborrea, que encima da continuamente vueltas en torno a sí misma, como si por repetir lo mismo muchas veces su discurso acabara haciéndose más profundo. Tampoco ayudan sus muchas escenas emotivas que parecen anunciar cada una de ellas un final que no termina de llegar, aunque lo que reste no sea otra cosa que más de lo mismo.
C'mon C'mon, de Mike Mills. Trailer
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